Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP
Hay frases que sobreviven mucho más allá del momento en que fueron pronunciadas. Hace poco escuché una de ellas. La periodista y ex primera dama panameña Lorena Castillo hablaba en un podcast sobre 'la normalización de lo inaceptable', una expresión que describe una realidad instalada en lo cotidiano.
La frase no se refiere únicamente a la corrupción ni exclusivamente a la política. Habla de algo más profundo: nuestra capacidad colectiva para acostumbrarnos a situaciones que deberían provocar rechazo, indignación o, al menos, una conversación nacional mucho más seria.
Con frecuencia nos percibimos como habitantes de una nación donde todo se denuncia y allí queda. Lo escuchamos a menudo: “vivimos en el país donde no pasa nada”. Los escándalos aparecen, generan titulares y ocupan horas de discusión en medios y redes sociales, pero la sensación ciudadana es que rara vez producen consecuencias proporcionales a la gravedad de los hechos. Esa percepción alimenta la resignación y convierte la indignación en un ensayo temporal.
Nos indignamos, comentamos, compartimos publicaciones y exigimos respuestas. Pocos días después, la atención colectiva se desplaza hacia otro tema. Mientras tanto, los problemas se reciclan. Lo cierto es que cuando una sociedad deja de cuestionar aquello que sabe que está mal, comienza a normalizar lo inaceptable.
De hecho, esta reflexión no es nueva. La investigadora de la Universidad de Panamá, Gabisell Barsallo, ha advertido que nuestro conocido juega vivo puede trascender la simple picardía popular para convertirse en una práctica cultural ampliamente aceptada y asociada al deterioro de los valores cívicos y a la corrupción, normalizando lo inaceptable. Su planteamiento desplaza la discusión desde los grandes escándalos políticos hacia un terreno menos cómodo: nuestras propias conductas cotidianas.
Esta preocupación trasciende lo panameño. La filósofa alemana Hannah Arendt advirtió sobre el peligro de banalizar conductas moralmente cuestionables hasta convertirlas en parte del paisaje cotidiano; en tanto, el economista e historiador Douglass North sostuvo que las instituciones difícilmente pueden funcionar cuando las normas culturales incentivan comportamientos contrarios al interés colectivo.
Cuando una sociedad convive demasiado tiempo con determinadas irregularidades, estas dejan de parecer extraordinarias. Lo excepcional se vuelve cotidiano. Lo incorrecto se convierte en costumbre. Lo inaceptable termina normalizado.
Quizás por eso Panamá vive en una contradicción permanente. Nos indignan los grandes casos de corrupción, pero justificamos sus versiones más pequeñas; criticamos el clientelismo, pero buscamos recomendaciones para agilizar trámites; rechazamos el favoritismo, pero celebramos la influencia cuando nos beneficia. Condenamos la corrupción en abstracto mientras convivimos y normalizamos algunas de sus expresiones cotidianas.
El problema es que toda sociedad termina pareciéndose a aquello que colectivamente tolera. La normalización de lo inaceptable es un proceso lento mediante el cual las excepciones se convierten en costumbre, las irregularidades dejan de sorprender y la resignación sustituye a la exigencia ciudadana.
Aquí, la pregunta que Panamá debe hacerse es cuánto más estamos dispuestos a normalizar antes de decidir que lo inaceptable vuelva a ser, sencillamente, inaceptable.