Augusto Abrego/Docente de FAECO
Mientras el marketing tecnológico nos vende “inteligencia”, lo que el investigador observa es una máquina de procesamiento que se alimenta, sin permiso ni compensación, de décadas de rigor, experimentación y sacrificio humano.
El gran collage de datos
La IA no genera conocimiento en realidad, el resultado de un escaneo masivo de repositorios, tesis y artículos científicos. Lo que percibimos como una respuesta coherente es el eco de miles de autores humanos cuya labor ha sido fragmentada y despojada de su identidad.
Esfuerzo vs. inferencia
Un investigador dedica años a validar una hipótesis, enfrentando el rigor del método científico. La IA, de forma oportunista, toma esa conclusión y la réplica en milisegundos, eliminando el proceso dialéctico y apropiándose del resultado final, adicional otros grupos justifican con solo citar es conforme mientras estos son parte de esta economía extractivista.
La desaparición del autor y la aceptación de las personas estimuladas por el buen marketing, presenta soluciones sin citar la fuente original o al diluir la autoría en una “mezcla de datos”, la IA comete un plagio holista que la industria lo etiqueta como “aceptable”.
El oportunismo como modelo de negocio. El verdadero conflicto reside en la asimetría del esfuerzo. Las empresas de IA han construido los modelos más lucrativos de la historia basándose en el trabajo intelectual y gratuito, deberían de llegar en acuerdos financieros con cada autor y no solo lucrar ellos ya que por usar sus Apps hay que pagar por el servicio.
La paradoja de la academia
El docente e investigador produce el saber, lo publica bajo revisión por pares y lo protege con su prestigio.
La IA consume ese saber, lo procesa y lo vende como un servicio de “asistencia”, compitiendo directamente contra el creador original del conocimiento utilizando sus propios hallazgos.
En el ámbito de la docencia, el oportunismo de la IA desvirtúa el aprendizaje. Si la herramienta ofrece una síntesis impecable de un tema complejo, no lo hace porque “entienda” la materia, sino porque ha saqueado el material pedagógico diseñado por profesores.
Sustitución sin esfuerzo
La IA permite que el usuario obtenga el beneficio del conocimiento sin pasar por el proceso de maduración intelectual, lo que crea una falsa sensación de competencia tanto en alumnos como en profesionales.
Canibalización del dato
Estamos ante un sistema que utiliza las investigaciones ya realizadas para alimentar una caja negra que, eventualmente, podría hacer que el trabajo del investigador original parezca redundante o innecesario a ojos de las instituciones.
La verdadera inteligencia requiere juicio, ética y, sobre todo, la responsabilidad de haber vivido el proceso de descubrimiento. La IA carece de los tres. Reconocerla como sistema de extracción de valor es el primer paso para proteger la integridad de la investigación y exigir que el esfuerzo humano no sea simplemente el combustible gratuito de un algoritmo, pero así se irá fortaleciendo si así lo aceptamos.
Y, para terminar, definir a la IA como «inteligente» es un error categórico que beneficia solo a quienes la comercializan.