Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP

Las negociaciones, el lobby y las maniobras políticas que hicieron posible que México organizara la Copa Mundial de Fútbol de 1986 se convierten en una entretenida sátira sobre los intereses que suelen esconderse detrás de los grandes eventos deportivos.
En esta película de Gabriel Ripstein, narrada con humor, ironía y un ritmo ligero, lo que ocurre en la cocina rara vez tiene que ver únicamente con el deporte. Por un lado, están las federaciones nacionales e internacionales, con sus juegos de influencia, rivalidades y negociaciones. Por el otro, la empresa privada y los gobiernos que mueven sus hilos políticos y económicos para transformar la pasión popular en millones de dólares. Entre estos mundillos aparece un personaje aparentemente insignificante que termina convertido en pieza clave de una maquinaria mucho más grande que él.
Así, México 86 mezcla ficción y hechos reales para contar cómo se articuló uno de los mundiales más recordados de los últimos cincuenta años, al menos para quienes crecieron antes de la era de Internet: una generación que todavía asocia aquel torneo con goles míticos, álbumes de figuritas y transmisiones capaces de paralizar países enteros.
Por momentos, la película evoca el tono satírico de Gracias por fumar, de Jason Reitman, y la mirada corporativa de Air y Moneyball. Sin embargo, Ripstein encuentra un camino propio, más contenido y minimalista, para retratar los mecanismos del poder.
La historia le entrega el balón a Diego Luna, quien anota un verdadero golazo interpretativo como el antihéroe perfecto. Su personaje es inseguro, ambicioso y profundamente contradictorio: un hombre dispuesto a mentir, manipular y traicionar con tal de ascender en una estructura que nunca termina de aceptarlo como uno de los suyos. Es el clásico "tonto útil" del establishment, alguien que cree estar conquistando el mundo cuando en realidad es utilizado por quienes ocupan los niveles superiores de la cadena alimenticia.
Y es precisamente allí donde la película encuentra su mejor virtud. A pesar de sus defectos, el protagonista despierta cierta empatía porque encarna una aspiración humana muy reconocible: la necesidad de éxito, reconocimiento y validación. El espectador comprende rápidamente que, para las élites corporativas y políticas, no es más que una herramienta reemplazable cuyo valor depende exclusivamente de los resultados que pueda producir.
Karla Souza complementa con solvencia el relato en un papel que funciona como contrapunto estratégico y, en cierta medida, moral frente a las decisiones del protagonista. Sin embargo, los verdaderos triunfadores de la producción son su diseño de arte, la fotografía y una selección musical cuidadosamente construida que transporta al espectador a la atmósfera de los años ochenta.
Quizás por eso México 86, disponible en Netflix, funciona tan bien. No es únicamente una película sobre fútbol. Es una parábola sobre la ambición, el deseo de reconocimiento y la facilidad con que las personas comunes pueden ser seducidas por las promesas del poder. Al final, el filme nos recuerda que quienes creen estar jugando el partido de sus vidas muchas veces ignoran que las reglas fueron escritas mucho antes de que se escuchara el pitazo inicial.