Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP

Hace poco vi Amarga Navidad de Pedro Almodóvar. Más que una película, se siente como un ensayo cinematográfico de autoficción sobre la creación artística, la memoria y la necesidad de seguir contando historias cuando el tiempo empieza a percibirse de otra manera. Es como mirarse al espejo con una copa de vino y que su líquido le susurre: in vino veritas.
¿Es autocomplaciente? Probablemente. Pero estamos hablando de Almodóvar. Esa apariencia no nace de la vanidad, sino de una necesidad de autoexploración. Como un vino que alcanza su madurez, el director observa su trayectoria y se interroga sobre la culpa, el dolor, la pérdida y la cercanía inevitable de la muerte. Son temas recurrentes en su cine, pero aquí adquieren una serenidad distinta. El propio Almodóvar ha reconocido que la película está profundamente ligada a su experiencia personal, aunque filtrada por la ficción.
La película vuelve sobre los bloqueos creativos y el sufrimiento que acompaña al proceso de escritura del autor. Ficción y realidad se mezclan en un juego de espejos donde el cineasta parece preguntarse hasta qué punto un autor tiene derecho a utilizar su vida y la de quienes lo rodean como materia prima para su obra. Ese debate sobre los límites de la autoficción es uno de los grandes aciertos del filme.
La música cobra un protagonismo especial. Alberto Iglesias vuelve a pulsar emocionalmente cada escena con precisión, mientras que las apariciones de Chavela Vargas funcionan como un canto de cisne que impregna el relato de una melancolía profunda.
No es una película sencilla. Sus saltos temporales y su estructura de relatos dentro de relatos exigen atención. Conviene observar todo: los gestos, los movimientos de cámara, la edición y la composición de los planos. Almodóvar sigue utilizando elementos que durante décadas fueron provocadores —el cuerpo, el deseo y la identidad sexual—, pero ahora aparecen integrados con absoluta naturalidad. Más que desafiar convenciones, parece interesado en filmar los vínculos humanos.
Leonardo Sbaraglia ocupa un lugar cercano al que Antonio Banderas asumió en Dolor y gloria. Si Banderas era un alter ego físico del director, Sbaraglia se mueve en un territorio más emocional: el de un creador consciente de la fragilidad del tiempo y de la urgencia de seguir contando historias. Pero quien deja la huella más profunda es Bárbara Lennie, convertida en el vehículo de la ansiedad, el duelo y las huidas hacia adelante.
Lo que más me interesa de esta etapa de Almodóvar es que se siente cada vez más literaria y emocionalmente desgarradora. Amarga Navidad dialoga con toda su filmografía, pero también con sus dudas y temores. Como ese espejo del inicio, la película devuelve una imagen incómoda: la de un creador que no busca reinventarse, sino comprenderse.