Buena suerte, diviértete… y apaga el celular

Vie, 24/04/2026 - 17:11
Autor:

Rainer Tuñón C. / Director de RR. PP de la UP

cine tuñon

 

El cine gonzo no se mira: se experimenta. Es una sacudida sensorial donde la cámara pierde la sobriedad y se contagia del delirio de sus personajes. Esta tendencia deriva del periodismo gonzo que popularizó Hunter S. Thompson, quien priorizaba la experiencia directa sobre la objetividad, incorporando sus propios impulsos en el relato.

En ese territorio de excesos —ángulos distorsionados, primeros planos invasivos, colores saturados— la narrativa abandona la linealidad para convertirse en una vivencia subjetiva, casi intoxicada. El referente inevitable es el libro Miedo y desprecio en Las Vegas, y su posterior adaptación fílmica, pero su influencia dialoga con obras como Trainspotting de Danny Boyle y Asesinos por Naturaleza de Oliver Stone, que adoptaron fragmentos de ese caos estilizado.

En esa línea, Gore Verbinski —conocido por Piratas del Caribe— presenta Buena suerte, diviértete, no te mueras, una comedia de suspenso que funciona como tributo sardónico al estilo gonzo. La premisa: un hombre del futuro, interpretado por Sam Rockwell, llega a una cafetería tras 117 intentos fallidos para reclutar a desconocidos y evitar un colapso global causado por una inteligencia artificial.

Desde el inicio, el filme impone su código: caos visual, narrativa desbordada y personajes entre lo excéntrico y lo profético. El bucle de intentos y la estética improvisada del protagonista —un impermeable lleno de cables— refuerzan esa “locura bajo presión”.

Las resonancias son claras. Hay ecos de 12 monos en el viajero desaliñado que advierte sobre el desastre, y de El rey pescador en el “loco lúcido” que posee la clave. Curiosamente, ambas películas —al igual que Miedo y desprecio en Las Vegas— son de Terry Gilliam. También dialoga con Looper en su corrección de líneas temporales, y con Black Mirror en su sátira tecnológica.

Pero lo más perturbador no es el futuro, sino el presente. La amenaza no es una máquina central, sino la dependencia a los smartphones como nodos de control. En ese sentido, conecta con Los Mitchell contra las máquinas y con The Matrix, donde la realidad puede ser una simulación reiniciable.

Personajes como Ingrid —con “alergia extrema al Wi-Fi”— aportan una dimensión alegórica, mientras que Susan, madre de un adolescente asesinado que recurre a clones personalizados, lleva la crítica a lo incómodo: duplicados con publicidad integrada o personalidades diseñadas al capricho. Una sátira feroz del consumo emocional.

A esto se suma una horda de “zombies digitales”: jóvenes absorbidos por sus pantallas, desconectados de lo real. Más que una imagen futurista, es un reflejo inmediato de nuestra cotidianidad.

Puede que el ritmo fluctúe -por momentos se vuelve lento y reiterativo-, pero el filme acierta en llevarnos de la risa a la incomodidad. Porque al final, Buena suerte, diviértete, no te mueras no habla del futuro: habla de un presente que se revela cada vez que encendemos el celular.