Rainer Tuñón C. / Director de RR. PP de la UP.

La trama es sencilla. Cinco bailarinas luchan por sus vidas tras encontrar refugio en una misteriosa posada junto a la carretera, dirigida por un antiguo prodigio del ballet que resulta ser la líder de una mafia local. Si miras el filme Pretty Lethal, disponible en la plataforma Prime Video, como una película genérica, te encontrarás con una cinta entretenida, pero fácilmente olvidable, que cuenta con Uma Thurman como una villana implacable; pero observemos más allá.
En el ballet, el cuerpo no solo ejecuta técnica: cuenta historias. Desde esta perspectiva, los gestos, las posturas y las tensiones funcionan como un lenguaje paralelo al diálogo. La película parece jugar con esa estética —la belleza, la precisión— para contraponerla con elementos oscuros y agresivos, generando un contraste que, por momentos, resulta sugerente.
A través de la experiencia de las bailarinas, también se percibe la obsesión por la perfección y el control absoluto del cuerpo y las emociones, lo que permite una lectura sobre el sacrificio que se esconde detrás de la aparente impecabilidad técnica.
En tono de comedia negra, el filme introduce situaciones que podrían parecer exageradas, pero que dialogan con la estética del sacrificio propio del ballet: el dolor físico, el desgaste constante, las huellas invisibles de la disciplina extrema. Todo ello deja entrever esa cara oculta del arte, donde la excelencia tiene un costo. Al detenerse en estos detalles, es posible apreciar que la cinta, a pesar de sus limitaciones, intenta construir una coreografía emocional donde el cuerpo, la tensión y la estética dialogan con los códigos del ballet. Hay momentos en los que la tensión muscular, las miradas contenidas y las posturas rígidas comunican más que los propios diálogos.
Claro, es evidente que no está a la altura de películas del calibre de Black Swan, de Darren Aronofsky, protagonizada por Natalie Portman; ni del clásico The Red Shoes, de Michael Powell y Emeric Pressburger, donde el ballet se convierte en una metáfora total del sacrificio artístico. Tampoco alcanza la densidad de propuestas como Suspiria, tanto en la versión de Darío Argento como en la de Luca Guadagnino, con Dakota Johnson, donde la danza se transforma en un lenguaje oscuro y perturbador, ni la tensión estilizada de Red Sparrow, con Jennifer Lawrence.
Sin embargo, puede mirarse desde una óptica más accesible. Porque, al final, incluso una coreografía imperfecta puede, por instantes, rozar la grandeza… y entretenernos en el camino.