El incómodo cine de la familia

Vie, 27/03/2026 - 15:47
Autor:

Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP

Foto: imdb.com
Foto: imdb.com

 

Valor Sentimental, de Joachim Trier, no trata de cine… aunque hable de cine y aborde en la gran pantalla las dicotomías de la herencia emocional. Se centra en la historia de los creadores de películas y sus conflictos familiares. Su director, como cronista de la melancolía contemporánea, ya nos dejó emocionalmente tocados con La peor persona del mundo. Ahora, logra diseccionar almas con la delicadeza de un cine que no grita: susurra… y por eso incomoda más.

En esta historia conocemos al realizador Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un director de cine con más prestigio que habilidades como papá; un hombre que se destacó por construir vínculos en la ficción para evitar enfrentar los de su propia vida. Sus hijas, Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), no lo odian… pero tampoco lo necesitan. Y pocas cosas son más devastadoras que volverse irrelevante en la vida de tus propios hijos.

El conflicto es deliciosamente incómodo. Gustav tiene en mente un nuevo proyecto cinematográfico y decide, casi como acto de redención tardía, ofrecerle a Nora el papel principal. Ella le dice que no —porque hay rechazos que no son profesionales, sino emocionales— y entonces aparece Rachel Kemp (Elle Fanning), una estrella de Hollywood que, sin saberlo, entra en una familia donde nadie está actuando… aunque todos finjan lo contrario.

Aquí es donde Trier nos arrastra con elegancia quirúrgica: hay padres que no saben pedir perdón, pero dominan el arte de escribir discursos sobre el perdón. Y hay hijos que no necesitan explicaciones, sino coherencia. Porque crecer también implica descubrir que nuestros padres no eran héroes caídos… sino personas en construcción que nunca terminaron de armarse.

Pero hay algo más incómodo aún: la película sugiere que muchas veces no queremos reconciliarnos, sino entender. Y entender, en el fondo, es una forma menos romántica —pero más honesta— de hacer las paces.

En sí, Valor Sentimental no intenta resolver nada, porque la vida tampoco lo hace. Se siente como un montaje incompleto: lleno de fragmentos, de escenas que no cierran, de diálogos que llegan tarde. Es que, cuando se trata de la familia, nadie tiene el control ni del ni del corte final. Se trata de un impecable drama sobre ese incómodo presente en el que uno descubre que sus padres fueron personas antes que padres… y que, lamentablemente, eso explica casi todo.