Rainer Tuñón C. / Director de Relaciones Públicas de la UP

En el cine ocurre a veces un fenómeno curioso: el actor no solo interpreta al personaje, sino que parece prolongarlo fuera de la pantalla.
En teoría del cine se conoce como “star persona”: cuando la identidad pública del actor se convierte en parte del personaje.
El teórico británico Richard Dyer, en su obra Stars (1979), planteaba que las estrellas son “textos culturales” construidos por múltiples discursos mediáticos. En ese sentido, funcionan como representaciones simbólicas que reflejan aspiraciones, tensiones o cambios culturales dentro de una sociedad. Así: “una estrella es una imagen construida a partir de diversos materiales, entre los que se incluyen películas, publicidad, promoción y críticas”, expuso.
Ese fenómeno pareció rodear al actor Timothée Chalamet con su papel en el filme Marty Supreme, de Josh Safdie, inspirado en la figura del legendario jugador de tenis de mesa Marty Reisman, que consiguió una nominación al Óscar, pero perdió frente a Michael B. Jordan por el filme Pecadores.
Aunque Marty Supreme deconstruye la vida de Reisman —reconocido en la vida real como un deportista irreverente, competitivo y dueño de un fuerte instinto de espectáculo—, la interpretación de Chalamet sugiere algo más profundo: una afinidad entre la personalidad pública del actor y el espíritu del personaje. De hecho, Reisman logró convertir el deporte en una forma de teatro. No se limitaba a competir; sabía que el juego también se ganaba dominando la escena, provocando al público y construyendo una leyenda personal alrededor de su estilo. Esa mezcla de talento y provocación encuentra un eco inesperado en Chalamet, uno de los intérpretes más singulares de su generación.
La elección de Chalamet para Marty Supreme funcionó como una decisión estratégica de resonancia cultural que plantea que Hollywood ya no fabrica estrellas como en el siglo XX; hoy las figuras públicas se construyen en diálogo constante con redes sociales, moda, memes y narrativas personales.
Así, Marty Supreme se inscribió en una tradición cinematográfica donde el carisma del actor amplifica el mito del personaje, dando la sensación de que el intérprete encontró en ese papel una extensión de sí mismo; aunque el resultado fue una incómoda paradoja: el Óscar se le escapó de las manos y el episodio terminó transformándose en uno de esos momentos virales donde el cine, la cultura pop y el humor de internet se cruzan inesperadamente.