Dr. Roberto Carrasco / profesor del Crusam
La consolidación del teletrabajo y los esquemas híbridos han transformado radicalmente la dinámica laboral contemporánea. Si bien la flexibilidad y la conectividad prometen mayor autonomía, también plantean desafíos directos para la salud del colaborador. En este escenario emerge la ergonomía digital: una disciplina que trasciende el ajuste físico del mobiliario para abordar las complejas interacciones cognitivas, psicosociales y tecnológicas entre la persona y sus entornos virtuales (Gómez Sánchez, 2024).
El trabajo remoto eficaz no depende únicamente de la infraestructura técnica, sino de la capacidad organizativa para prevenir la sobrecarga cognitiva y la fatiga tecnológica.
Investigaciones de Del Pino y Herrera (2025) y Bonet Cunillera (2023) advierten que la falta de lineamientos ergonómicos y la difuminación de fronteras entre la vida laboral y doméstica incrementan el sedentarismo, las molestias musculoesqueléticas y el aislamiento social. A esto se suma el tecnoestrés, derivado de la exigencia tácita de disponibilidad permanente (López et al., 2023; Sierra et al., 2022).
Para mitigar estos riesgos, la respuesta debe ser multidimensional. No basta con suministrar periféricos adecuados; es indispensable rediseñar los tiempos en pantalla, formalizar pausas activas y consolidar liderazgos basados en la empatía y la claridad de objetivos (Contreras et al., 2020; González-Romá & Hernández, 2023). En este marco, el derecho a la desconexión digital constituye un pilar innegociable para asegurar que la virtualidad dignifique el empleo (Tomasina & Pisani, 2022). A nivel regional y local, esto exige una articulación estratégica entre el Estado, los empleadores y los trabajadores, respaldada por políticas institucionales de bienestar adaptadas al entorno real (Castañeda Benítez, 2025; Miranda López & Bueno Fernández, 2025b).
Asimismo, la gestión ergonómica demanda un enfoque multidisciplinario que integre salud ocupacional, psicología, recursos humanos y tecnología de la información (Vacchiano et al., 2024; Wechsler et al., 2024). Dicha mirada transversal permite atender particularidades críticas, como la conciliación de responsabilidades familiares y las brechas de género que afectan desproporcionadamente a muchas colaboradoras (Castro-Trancón et al., 2024). La efectividad del esquema no reside en la modalidad remota en sí misma, sino en la calidad de su diseño y gobernanza.
En conclusión, la ergonomía digital no debe concebirse como un beneficio accesorio, sino como una estrategia indispensable de sostenibilidad y competitividad organizacional. Humanizar la virtualidad implica supeditar las herramientas tecnológicas al bienestar integral de los trabajadores, garantizando que la conectividad impulse la productividad sin erosionar la salud física ni mental. Invertir en una gestión ergonómica integral es consolidar organizaciones más éticas, resilientes y preparadas para el futuro del trabajo.